Aprendí que en esta vida hay que llorar si otros lloran
y, si la murga se ríe, hay que saberse reír;
no pensar ni equivocado... ¡Para qué, si igual se vive!
¡Y además corrés el riesgo de que te bauticen gil!

» Malas palabras

Divertida y perpleja, siendo chica y bien educadita, ante una magnífica puteada que se le escapó a un adulto, me tocó escuchar la “máxima” con la que se defendió [y que fue mi habeas corpus en más de una ocasión]: “No existen las malas palabras, sino las malas intenciones al usarlas”.
Las palabras no son nada si no las cargamos nosotros de significados. Arañitas y garrapatas. Astas curvas, rectas y colgantes. Virgulillas, tarabitas y pilastras. Puntos sobre las ies [y las jotas?] que sueltas no significan nada.
Puedo pasarme la noche enhebrando letras para formar palabras, hilvanando palabras para alinear oraciones y amontonarlas en algún rincón de mi silencio para despejar dudas. Basta con que alguien las lea y les de un significado para que esas palabras me representen, me definan, me traicionen desnudando mi alma.
No existen las malas palabras.
Y se me aparece la palabra “LIBRE” en la cerradura de una puerta, irónica, paradójica. Carente totalmente de verdadero significado. En una puerta que cuando muestra descaradamente la facultad de “libre” invita a pasar al encierro, y desde adentro, con pegarle media vueltita a esa libertad, no sólo se consigue cerrar herméticamente la puerta, sino que además se señala, sin equívocos, que la libertad quedó “ocupada”.

Malas palabras, malas intenciones... A veces es preferible el silencio.

» Despetalizando girasoles

Deshojar margaritas" [¿por qué no se le dirá "despetalizar"?]

Sí, lo reconozco, alguna vez "despetalicé" margaritas... "me quiere | no me quiere". Pero terminaba haciéndome trampa: si el último pétalo caía en "no me quiere", me quedaba con que el tallo valía por un "me quiere".

Más adelante me permití la licencia de agregar las alternativas de "mucho | poquito | nada"...

Y entonces descubrí los girasoles, que eran como margaritas grandotas. Y ahí sí, entré a sumarle variables del estilo: me quiere más o menos | me quiere con locura | me quiere relativamente | me quiere pero está confundido | me quiere horrores | me quiere de a ratos | me quiere demasiado | casi que me quiere...

Porque convengamos: en estas cosas del querer tiene que haber matices, muchos matices, variables, estados de ánimo, vaivenes...

Quereme de a ratos. Mucho, poquito o relativamente. Pero quereme.



» "Ven a dormir conmigo. No haremos el amor: él nos hará" | Julio Cortázar

» Idas y vueltas

Vueltas. Idas y vueltas. Frená, mirá bien, decidí, elegí, ahora no, ahora sí, ta te ti suerte para mí.

Conectar, dejar fluir, ser, no existír, pasar, seguir, volver, disimular, correr, pensar, mirar atrás, parar, tomar aire, mirar adelante, equivocarse, solucionarlo, intentar, arriesgar, por ese lado sí, por ese lado no.

Vueltas. Idas y vueltas. La vida, maquinaria compleja, industria de destinos, fábrica de éxitos y fracasos, distribuidora de alegrías y tristezas. Caminos, tubos, conectores.

No hay uno correcto. No hay uno imposible. No hay mapa ni plano, no hay manual de instrucciones. La vida se te va enmarañando, se te va madejando, y hay que mirar, pensar, evaluar y decidir. Y meterle para adelante [o para el costado].

Aunque te equivoques. Aunque veas pasar al lado el tren que no tomaste.
Aunque te mueras de ganas de apretar control zeta. Aunque veas sepultadas las palabras que no dijiste. Aunque cambies para probar, aunque cambies para mejorar, aunque cambies para cambiar

Metele para adelante. Remala. Vivila con todas las vueltas. Con todas las idas.

» Crecer

–Madurá –me decía. –Crecé de una vez por todas–. Y me lo decía como un reproche, con tono de "tirón de orejas". Y es que yo no lo podía explicar. No era una cuestión de cobardía, ni de miedo a perder la inocencia y la irresponsabilidad. Pero en cierto modo se trataba de no soltar el "todos juegan" de esa perinola inconsciente que habilita y permite, que vuelve inimputables los errores y las audacias, los arrebatos y los impulsos, las pasiones y los abandonos.

Madurá–, me insistía. –No sabés lo importante que es sentirte una mujer, una mujer viva.– Y yo no quería perder esa infancia blandita de nubes que me recorría la espina dorsal y me convertía los brazos en alas.

Hasta que lo entendí. Y aprendí a mirar con cara seria y los ojos riéndose a carcajadas de inconsciencia. Y aprendí a crecer también con los brazos convertidos en alas [que llegan más lejos].

Madurá, me explicaba, que para que haya una mujer viva, no es necesario que haya una niña muerta.*


[* algo así decía un tatuaje que ví un verano en una persona encantadora. Pero en masculino]

» Premio consuelo

... Ahí, ahí, ¿no lo ves?. Y el colibrí aleteando, suspendido en el aire, posando para mis pupilas, desintegrando el aire, todos los días visitando la misma planta.

Así que me acurruqué debajo, en silencio, cámara en mano, a esperar que se petrificara en el espacio con un click. Y no vino.

Lo esperé un par de eternidades. Probé alejarme un poco, para no intimidarlo. Probé hacerle creer que no lo estaba buscando a él, a ver si lo engañaba. Y no, no vino. Si hasta me pareció escucharlo, camuflado en el hibiscus, riéndose a escondidas con ese “txiki txiki” rapidito de las alas diminutas.

Y en mitad de un bostezo apareció una mariposa. Normalita, tirando a feúcha. Mi premio consuelo, mi "esloquehay", mi "conformate con esto". Y me conformé. Y disparé un click que la congeló en mis pupilas. Y pegué media vuelta y abandoné mi refugio de cazadora de imágenes.

Cuando guardé la cámara lo volví a ver. Agazapado, esta vez, a la vera del Ginkgo biloba. Creo que me guiñó un ojo, se acercó un poco más, aleteó en cámara lenta y se fue. Decidí ignorarlo, yo tenía mi foto de mariposa común, de ninguna especie en extinción, de colores que irradiaban nada. Me anestesió la espera, me aburrió lo difícil, y la mariposa me había devuelto la paz.


Pero, créanme, sigo volviendo cada tanto a sentarme en el pasto húmedo, mirando para arriba, siempre la misma planta. A lo mejor, quien sabe, un día de estos, después de tanto premio consuelo, me toca el premio mayor.

» Tranquila

Confieso que corrí mucho y muy rápido, que derrapé en algunas curvas demasiado rectas, que me salí de mí misma, que rebalsé de mi vaso.

Confieso que ignoré el peligro, que coqueteé con la locura, que toreé la cautela, que chapoteé en el barro y nadé [pecho, espalda y mariposa] en lo desconocido.

Confieso también que amé profunda y descaradamente, que besé todo lo que pude hasta gastarme los labios, que abracé hasta no sentir los brazos, que me fui tantas veces de boca y que en lugar de mentir preferí omitir detalles.

Confieso que me dejé querer de a ratos, que me dejé querer entera, que quise querer y no pude, que pude querer y no quise.

Confieso, sin arrepentirme, que probé la alegría y la tristeza en dosis extremas y sin precauciones, que me sumergí en la música de todo tipo, que bailé con los brazos abiertos y los ojos cerrados, que me reí a carcajadas del destino, que le saqué la lengua a la prudencia y di un paseo largo con la irresponsabilidad.

Confieso que hoy, después de correr, tropezar, caerme, golpearme, levantarme, sacudirme, mirarme y pensar... elijo las calles tranquilas.

No descarto que las avenidas me tienten, que el horizonte me invite a correr, que las cosquillas en los pies me suban hasta el alma. Pero al menos, en las calles tranquilas, las oportunidades andan más quietas y no se me van a pasar de largo.


» [Cada tanto, muy cada tanto, me dan ganas de sentir que me estoy haciendo mayor.]

» Paraguas

Te desprendés de la felicidad como que fuera un bicho feo, que te puede dar una mordedura fatal si te dejás atrapar.
Te la sacás de encima, te queda enorme, como un traje ajeno, en el que no te sentís cómodo. Te sobra de todos lados, te baila, te pica, te raspa, te hace tropezar cuando caminás, te esconde las manos [comidas de nervios], te da calor.
No te sirve, es de otro. No te la reconocés mirándote al espejo [esos espejos "llenos de gente" que tanto odiás]
Por eso, cuando la felicidad amaga con vestirte, te atajás, te hacés a un lado, la dejás pasar. Antes de que te toque, antes de que te envuelva, antes de que se te acomode al cuerpo.
Y siempre, por las dudas, abrís el paraguas antes de que llueva.