Aprendí que en esta vida hay que llorar si otros lloran
y, si la murga se ríe, hay que saberse reír;
no pensar ni equivocado... ¡Para qué, si igual se vive!
¡Y además corrés el riesgo de que te bauticen gil!

» La última vez

Había una Vez.

Era una Vez única, sabía que no había otra Vez.

Se jactaba de ser la primera Vez y a la Vez, la mejor.

Resulta que esta Vez decidió arriesgarse y convertirse en una Vez más... total, por una Vez en la vida...

Y se jugó de una Vez por todas, apostando todo a la Vez, sin darse cuenta de que, en definitiva, se trataba de la última Vez.

» El faro del principio del mundo.

Surgió de la nada. Brotó desde no se sabe bien qué órgano interno de la tierra, [que casi siempre llaman las entrañas]. El asunto es que un día apareció un faro en alguna esquina del mundo.

Y encendió la linterna.

Y las rocas creyeron que el faro las llamaba y fueron a encallar a sus pies.

Y las olas pensaron que la luz que giraba era para ellas y desde entonces no paran de azotarse contra las peñascos, que ya andaban durmiendo una siesta de siglos en esa orilla.

Y las nubes, conjeturaron que los intervalos de luz y sombra debían ser un camino para ellas, y amanecieron una mañana de enero formando remolinos sobre la veleta del faro.

Y fue el principio de todo.

Por eso, cuando me hablan del faro del fin del mundo, me muero de risa, porque yo conozco el secreto: no es el faro del fin del mundo, es el del principio.

Porque de eso se trata, depende de lo que uno vea en los ratos de luz y oscuridad, depende de los secretos que uno conozca, el final, [quizas] sea el mejor principio.

» Arder

Curiosidad. Fue simple curiosidad la que la llevó a aceptar la cerveza, el humo, los besos y los orgasmos [en ese orden].
Total... había abandonado recientemente esa manía de besar sapos esperando que se conviertan en príncipes.
Desafío. Fue simple desafío lo que lo llevó a él a ofrecer descaradamente una y otra vez esas cosas [y algunas otras].
Total... llevaba medio siglo agotador despertando princesas que la jugaban de dormidas.
 

Ella, la mina curiosa, de treintipico. Él, el adultescente desafiante, de veintipico.
Y se dieron eso. Humo, besos y orgasmos. Durante un tiempo. Un tiempo adorablemente largo.
Se dieron toda la intensidad que les salió de adentro [y de afuera].
Se dieron lengüetazos con ganas, y miradas de esas de tenerse ganas.
Se dieron manotazos de ahogado y manos que naufragaron por todos los rincones.
Se dieron una perfecta sobredosis de mimos, música y risas. Y compañía desinteresada, de a ratos.
Cometieron varios excesos, menos el de quererse de más.
Nadie daba un peso por esos dos desparejos. Nadie.
Y aunque no había cuento de hadas, ellos igual ardieron.
Y supieron que no todo lo que arde se quema
Y que no siempre resulta tan peligroso jugar con fuego

Dicen los que los conocen que no hubo colorín colorado ni comieron perdices.
Pero que cada vez que pudieron vivieron felices. Para siempre.
Para ese "siempre" momentáneo que ellos se inventaron cada vez [y todas las veces] que pudieron.

» Santa Rosa

Había llovido toda la noche [tiempo después me enteré de que fue la tormenta de Santa Rosa, que ese año llegó retrasada y no duró varios días como suele durar]
Había llovido mucha lluvia por fuera y mucho vino por dentro.
Y esa pésima combinación [pésima en este pésimo caso imposible] fue la que habilitó primero a las miradas demasiado fijas, después a la cercanía demasiado electrizante y, como era de esperar, se terminaron desatando los besos tanto tiempo rezagados en esa histeria tanto tiempo prolongada.


Que te quiero, le juró él. Y se lo juró con esa complicidad ebria de dedos entrelazados.
¿Por qué no? Se permitió ella. Y dejó que se le escaparan los sentimientos no permitidos.
Y se desparramaron como locos en el colchón [los sentimientos y ellos]
Apocalíptica. La noche se vino abajo, apocalíptica y ruidosa, con esa mezcla de agua golpeando en el techo [el departamento antiguo de ella] y más promesas verborrágicas de vino tinto [las de él]
No supieron en qué momento se quedaron dormidos ni cuándo dejó de llover.
Pero al amanecer, con esa resaca de nubes pintadas que dejan las tormentas, entre charcos de agua y lagunas mentales, abrieron los ojos al mismo tiempo.
Ella vio la espalda de él y pensó otra vez que ¿por qué no?, que ese podía ser un buen comienzo, un amanecer despejado.
Él, sin girar la cabeza no pensó en nada. Murmuró un lastimero y pastoso perdoname antes de encarar la ducha para sacarse de la piel la borrachera de una noche que no debió ser, de una tormenta de Santa Rosa que llegó demasiado tarde y duró una sóla noche.

» Manos


Es increíble que estando tan pero tan en el extremo de uno, hagan tantas cosas.
Que canten, que acaricien, que rasquen, que piquen, que sepan, que lleven, que traigan, que busquen, que encuentren, que agarren, que señalen, que sostengan

Que sostengan mucho.

Las manos. Extremos exquisitos.

» Metas

No soy erudita en nada. No destaco en nada. Nadie me aplaude en las reuniones ni se dan vuelta a mirarme cuando voy por la calle. Soy invisible y soy todo lo que hice en mi vida para ser lo que soy.
Soy, como todos, un ramillete de fracasos y logros, de sueños convertidos en metas, de metas cumplidas y otras tantas incumplidas y vueltas a convertir en sueños.
Soy, como muchos, un manojo de inseguridades, propósitos y ganas de más.

Cargo a cuestas [aunque me cueste horrores] el optimismo como moneda corriente, como billete de cambio.
Porque busco y encuentro y si no encuentro cambio el ángulo de búsqueda.
Pero no son las metas las que me mueven. Son el camino para lograrlas.
Y en ese camino es donde encuentro mis valores.
Porque vale más, muchísimo más, el camino que la meta, porque ahí es donde se aprende a seguir siempre buscando, a seguir siempre queriendo.

Y dicen los que saben, los eruditos de verdad, que a eso... a eso se le llama vivir.

» Dormir

Hablemos de las necesidades. Si usted tiene frío, hambre y sueño, y le dieran a elegir cubrir una, sólo una, de esas necesidades... ¿cuál elige?

Si cubre el frío, usted estará calentito con su cachito de felicidad logrado, pero la panza no le va a parar de hacer ruido, y entre bostezo y bostezo, lo único que va a querer es un chocolate y una cama, olvidándose por completo de que hace un rato, usted tiritaba como si anduviera descalzo por la Antártida.

Si prefiere cubrir el hambre, cualquier alimento que ingiera le va a caer mal, porque el castañeo de los dientes complica la masticación y temblando de frío y sueño, no hay digestión que aguante.

Ahora bien, si elige cubrir la necesidad de sueño, usted será feliz, porque dormido profundamente, ni se dará cuenta del hambre y el frío, y en el peor de los casos, podrá soñar con ríos de dulce de leche y caricias de lana, que la inconsciencia onírica da para todos los gustos y cubre todas las necesidades.

Siga mi consejo: siempre que pueda elija dormir. Duerma, sueñe. Sólo así dejará de sentir hambre y frío [y otras cuantas necesidades que el Genio de la Lámpara de Aladino no anda con ganas de cubrir].