Aprendí que en esta vida hay que llorar si otros lloran
y, si la murga se ríe, hay que saberse reír;
no pensar ni equivocado... ¡Para qué, si igual se vive!
¡Y además corrés el riesgo de que te bauticen gil!

» Sonrisa invertida

Te acostumbraste a ver sólo las nubes negras que te amenazan desde hace siglos. Tenés la horrible certeza de que esa tormenta gorda que ruge sobre tu cabeza es la mismísima espada de Damocles, pasándote factura por los pocos [crees vos] gramos de felicidad que le compraste al destino a muy mal precio. [Ese mismo destino que crees escrito y juzgás insobornable].

Te revolvés en tu dolor y te largás a llover lágrimas que ya ni mojan de tanto lamento de tantos años, lágrimas cansadas de llorar una pena repetida.
Y justo ahí, en ese momento, cuando te me fuiste para adentro, cuando cerraste los ojos para mirarte el ombligo en ese gesto de soledad hermética que te conozco tanto, al cielo se le ocurrió reflejar una sonrisa de oreja a oreja,
un regalo de luz de siete colores,
una muestra clara de que no todo es tan oscuro,
que tus tormentas no son tan negras
y que tanta lágrima llovida sirvió para que se forme esa sonrisa, que vos no llegaste a ver.


[No, no la viste, ya te habías ido para adentro. Pero te regalo la foto, para que me creas. Para que creas...]

» Recuerdos

Meto la mano en el bolsillo y se me quedan los granitos de arena entre las uñas. Y la sensación me hace sonreír. Porque me hace recordar.
Eso duran las cosas. Un verano.
Y lleno entonces los bolsillos de miles de veranos, de miles de recuerdos de verano. De granitos de arena para recordar
Recordar re-cordis... volver a pasar por el corazón, me apunta el enano enciclopédico que guardo en el cajón de las explicaciones. Y me aclara que no me haga ilusiones, porque para los que inventaron la palabra, el corazón era la mente, no esa cosa emotiva que se pone a latir de más.
Igual, yo sé que el recuerdo no pasa por la mente ni por el corazón, pasa por ese bolsillo con arena
Con granitos de recuerdo que yo puedo tocar
Tocar el recuerdo
Y hacerlo durar
Qué se vaya el verano, entonces, que yo lo hago durar.
Que me apaguen el sol y me cierren bien la playa.
Yo me voy de este verano
Pero me lo llevo en el bolsillo, para que dure un ratito más.

» Stormy Weather

Y ves tormentas en todos lados. Y de los amores imposibles te preocupa más la parte de que sean imposibles que la de que sean amores... Con lo lleno que está el mundo de imposibles y lo carente que está de amores!
Y en esas mañanas tormentosas, cuando se te viene el agua encima, pensás que no, que no vale la pena, que los amores imposibles deberían quedarse en "nuncajamás", en esa nostalgia desteñida de sueños con bandoneón que ligaste en la repartija de algún Ángel Gris de tu barrio, de tu barrio de cuarta...

Pero entonces Dolina te arenga:

»»
"Por eso, señores, si acaso atesoran ustedes uno de estos metejones locos, a no arrepentirse. Sigan soñando y esperando lo imposible. Aunque sepamos que nuestras ilusiones no habrán de cumplirse nunca, sigamos acariciándolas. Lo contrario sería -como pensaba Wimpy- confundir una ilusión con un pagaré.
Será una larga jornada. Muchas veces tendremos ganas de contar nuestra pena, pero no podremos hacerlo, para no profanarla.
Siempre estaremos solos y tristes, pero no es para tanto. Después de todo, ya se sabe que los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos."
*««


»* Pedacito de “Balada del amor imposible” | Alejandro Dolina | Crónicas del Ángel Gris


» Entrar | Salir

Resulta que los otros días, andaba yo sentada a las puertas de mí misma, mirando ese umbral que me invitaba a lo peor [lo mejor?] de mí, cuando caí en la cuenta de que llevaba demasiado tiempo en esa posición, mirando la entrada [salida?] con ojos de quien no se decide a mover.

Y me preguntaba si me llevaba [traía?] a algún lado esa puerta.
Y me moría de curiosidad y me moría de miedo y me moría de duda.

Pero la quietud me mataba más...
Así que me mandé.
La pensé un rato, estiré las rodillas [las hice sonar para los costados] y me mandé.
Me subí las medias, me sacudí la ropa, me acomodé el pelo atrás de las orejas [porque uno no puede entrar a uno mismo en esas condiciones] y me mandé.
Mientras me alejaba [me acercaba?] miré por encima del hombro ese umbral vacío de mí misma y sonreí al pensar la cantidad de veces que me salgo un rato aunque más no sea, para volver a sentir las ganas de volver a entrar.

» Comportamiento animal

Todo el día estuvieron acurrucadas ahí abajo [o ahí arriba, desde mi ángulo]. No se movieron de ese refugio ni se miraron, ni nada. Llegué a imaginar que estaban ahí para sostener el aire acondicionado, que si salían volando el aparato se caería [como esos "apolos" de piedra que sostenían templos y columnas y partenones y hoy fueron degradados a sostener balcones].

No soy de las que estudian el comportamiento animal, ni muero por los documentales donde muestran el apareamiento del koala, pero inventé que eran pareja [sí, les puse nombres también pero no los voy a decir].

Decidí que se estaban queriendo como de costumbre, [o que se habían acostumbrado a quererse] pero que no necesitaban comunicárselo de "palabra" [sí, mis palomas dicen "palabras", en idioma colombófilo, pero idioma al fin].

Decidí que estaban juntas, pegadas, para asumir el invierno, para apechugar el frío, para contagiarse calor. Que esa ya era una muestra de sobra de lo que era quererse, buscar el cuerpo del otro y acurrucarse.

No sé cómo sonríen las palomas, pero me pareció que estaban contentas así, que la compañía era suficiente, que se estaban dando lo que sus plumas pedían, lo que el invierno sugería, lo que la soledad invitaba.

No. Es verdad. No tengo idea de comportamiento animal. Pero me gustó pensarme un rato paloma, y saber que a veces alcanza con la compañía silenciosa, y sentir que se puede estar bien sin palabras de más, y confirmar que se puede querer desde ese cuerpo pegado, y que se puede estar feliz sin tener que demostrárselo a todo el mundo, y tener la certeza de que se puede salir volando en cualquier momento, sin que nadie te venga a reclamar que dejaste caer el aire acondicionado.

» Lágrimas de sol

Supongo que el sol a veces se cansa de ser tan sol. Debe tener sus días malos, como todo el mundo. Y en esos días le da por llevarle la contra al universo.

Entonces, renegado, decide pintarse de color amanecer en pleno atardecer, o poner cara de luna llena, perfectamente delineada, escondiendo los rayos [y toda manifestación de alegría] en plena tarde. O se levanta con el pie izquierdo y se le antoja organizar un eclipse y deja de encandilar un rato, como para llamar la atención nomás. O de puro enojo.

Sí. Debe tener sus días malos, y también sus días tristes. Y como es una bola de fuego no hay lágrima que le dure. No le llegan a brotar las lágrimas que ya se evaporan. Y es que ni llorar puede, el pobre. Por eso elige otras formas de mostrar su tristeza, y a veces esa tristeza resulta tan pero tan linda que duele. Y te quedás mirando fijo a ese sol triste, sin pestañar, y te empiezan a arder los ojos [y el alma], y se te escapan las lágrimas solas, esas lágrimas de sol, que el sol no puede llorar.

Si un día de estos te encuentran como a mí, perdido, de cara a un atardecer extraño, parpadeando lágrimas ajenas, ni te molestes en explicarles que la tristeza es del sol, porque no lo van a entender. Deciles, simplemente, que te debe haber entrado una basurita. Pero tampoco les aclares que la basurita te entró en el alma.

» Maridaje perfecto

Cuando uno anda medio descreído del romanticismo no le tienen que venir con matrimonios perfectos. No señor! Que las bodas de oro de los abuelos, que el pan con manteca, que Thelma y Louise, que la coca con fernet, que Romeo y Julieta, y tantas otras uniones inseparables y números pares que encajan perfectamente.

Allá ellas, las naranjas [y otros cítricos] que encontraron su mitad. Que vivan felices y coman perdices los tipos de los cuentos [nunca supimos los nombres de las respectivas parejas de Blancanieves, Cenicienta, ni el valiente leñador de la chica de colorado, ¿no?] Por mí, que sigan de la mano el vino blanco con el pescado y el tinto con las pastas.

El problema es que cuando uno creía haberlo visto todo en materia de maridajes perfectos y ya comenzaba a sentirse inmune a las uniones románticas y empalagosas, viene el señor Bonafide y se le ocurre inventar el bocadito de chocolate blanco relleno con dulce de leche. Como para no volver a creer en los números pares...