Aprendí que en esta vida hay que llorar si otros lloran
y, si la murga se ríe, hay que saberse reír;
no pensar ni equivocado... ¡Para qué, si igual se vive!
¡Y además corrés el riesgo de que te bauticen gil!

» minibar & berimbau

Se viene el agua, se escuchaba a cada rato.
Y es que la noche, con ese viento caliente y ese cielo rosa tan inflado y bajito, prometía lluvia. Bastante lluvia. Esa lluvia gorda de verano.

Ramiro Musotto daba un concierto al aire libre, por más redundante que suene, porque se notaba mucho el aire y nos notábamos demasiado libres.

Mi morral convertido en minibar apagó la sed, [sí, la real y la inventada] y fue testigo de ese berimbau invisible de tan disimulado, que traía a un hombre abrazado por detrás, porque Ramiro le pone tanto cuerpo a su instrumento que parece que es el berimbau el que lo toca a él.

Llueve dijo alguien debajo de un jacarandá raquítico.

Pero yo no le creí, [nadie le creyó] y seguimos empapados de música, de esa música que te hace mover la cabeza hasta que te duelen las cervicales.

Cuando terminó todo, veníamos buscando donde tirar los cadáveres de cerveza que ocupaban lugar en el minibar colgante, y de casualidad miré para arriba y ahí estaba. Una lluvia gorda de verano se había quedado suspendida, sostenida por el último sólo de cavaquiño.

Y casi casi que podría jurarlo: esa lluvia no se animó. No se animó ni por casualidad a faltar el respeto a ese músico impecable y a ese aire libre, por momentos demasiado aire, y por otros demasiado libre.

» Jaquemate

El mate no es una bebida, no es una infusión
El mate es la excusa

Abre la charla, habilita el chimento, arenga secretos y confesiones
Desata cascadas de recuerdos y promesas y conjuros y aquelarres
Deja huella en libros de estudio, decora muebles y remeras blancas de por vida
Amargo, lógico
Todo lo tiñe. Carcajadas verdes, lágrimas verdes
Un sorbo, cuatro consejos, dos tirones de oreja, otro sorbo, arreglamos el mundo, último sorbo, los hombres son todos iguales - las mujeres están todas locas
"hacé ruidito un par de veces que sino es señal de desprecio"
"no hagas demasiados ruiditos que se lava más rápido"
Tengo amigos "de mate". Esos que no podés imaginarlos sin un mate de por medio.
Por supuesto, el mate es la excusa.

» Cruce

"No creo en los horóscopos ni en los psicólogos", le dijo ella en la cara al psicólogo que le ofrecía un fernet de mala vida en ese bar de mala muerte. Y lo volvió a repetir unas cuántas veces más a lo ancho de la noche [porque la noche no fue larga, fue ancha, anchísima], acentuando esas esdrújulas, como que por el sólo hecho de ser esdrújulas las dos palabras estuvieran emparentadas o fueran sinónimos.
Y el psicólogo le insinuó que por algo se habían cruzado. Y al rato se la ganó. Y la enamoró con promesas e ilusiones que sólo saben usar los que entienden de horóscopos. Y palabras y silencios que sólo saben usar los psicólogos. Claro, además era escorpiano...
La cosa es que pintó noche perfecta con una terrible proyección a vida perfecta, y ella no lo tenía planeado.
Como no tenía planeado reconocer en el tipo al hombre completo que había estado esperando cruzarse en alguna esquina.
Como no tenía planeado enamorarse.
Y se le encendieron todas las alarmas. Y salió corriendo de esa casa, bien entrada la mañana, sin dejar teléfono, dirección o el zapato de cristal en el zaguán.
Él la buscó un rato. Y la encontró.
Pero ya era tarde.
Ella ya se había perdido de nuevo, agradeciendo haber huído a tiempo del cruce perfecto que le prometía júpiter en la casa de aries y de ese psicólogo que la entendería demasiado bien.
Él se aburrió enseguida y se enamoró de una capricorniana sumisa y hermosa.
Hoy se cruzan todas las mañanas en la misma esquina, cuando van a trabajar.
Hipócrita, piensa ella.
Histérica, murmura él.
Los dos en perfecto esdrújulo.
Y no se saludan.

» Justicia para Cenicienta

Sr. Juez... Yo me presento ante este tribunal para denunciar al "Sindicato de Hadas Madrinas, Genios y afines", porque siento que esta gente me estafó a mí, ¿sabe? porque las cosas no pasaron como prometían en el contrato.

¿Que si tuve a mi príncipe? Claro que lo tuve, pero un ratito, nomás, y no es justo que me hayan dado las doce en lo mejor del baile, cuando recién arrancábamos con los mimos en el cogote, cuando hacía un par de temas que habían puesto los lentos. No señor, no es justo que tenga que haber salido corriendo, hecha una loca, delante de toda esa gente, un papelón, imagínese, encima que no estoy para nada en estado físico, ¡y con estos zapatos que me dieron, que casi me mato de un golpe bajando esas escaleras!, para que además, estos tipos del “Sindicato de Hadas Madrinas Genios y afines” me quisieran cobrar el zapato que perdí en el camino... sinvergüenzas, si aunque sea me hubieran conseguido unos zapatos de mi número...

No, Sr. Juez, no es justo, porque al llegar a la carroza resulta que ya se me había convertido en taxi, muy poco glamoroso el asunto, ¿sabe? y el taxista, que usted disculpe pero era un zapallo, quería que le pagara no sólo la bajada de bandera y el viaje, sino también la espera, y yo, que no había llevado cartera y el modelito éste que me dieron los del Sindicato ni bolsillos tenía como para meter la plata, las llaves y los puchos, y encima, al llegar a casa les tuve que devolver el vestido este de morondanga que, al fin y al cabo ni el color me gustaba.

Por eso, Su Señoría, por incumplimiento de contrato es que reclamo a los del “Sindicato de Hadas Madrinas Genios y afines” que me devuelvan mi dinero y me indemnicen por daños morales, porque yo podré ser cualquier cosa, la chica que limpia, la Cenicienta, y todo lo que quiera, pero tengo mi dignidad ¿me explico?

Y que no me vengan a mí con que no leí la letra chica del contrato y que colorín colorado, ¿sabe? que no me vengan a mí con cuentos, que yo de cuentos entiendo más que nadie...

» Debilidades

La mina tenía dos debilidades: el dulce de leche y los hombres políticamente incorrectos. Marcelo era eso [un hombre, digo, no un dulce de leche. Y muy políticamente incorrecto]. Hacía años que la alimentaba a puro maltrato y dulce de leche.
Se conocieron en la barra de un bar, los dos borrachos, los dos lamentando amores perdidos. Maldiciendo el cliché y renegando del romanticismo se fueron a las manos y a los besos y llenaron las soledades mutuas con lugares comunes. Tan comunes que se convirtieron en esos amantes eternos de novela de las 3 de la tarde, con peleas, escenas de celos, reconciliaciones y trampas. Él prometía blanquear la situación, pero bastaba un poco de cotidianeidad para que desapareciera por completo.
Pero volvía. Y remendaba sus ausencias con un tarro de dulce de leche, de los de cartón. Conocía bien las debilidades de ella, y sabía que esa cucharada podía concederle la indulgencia, desatar el reencuentro, subsanar la ausencia, recuperar la química. Lo sabía. Y ella también lo sabía, sabía que ese amor malsano no le hacía bien, [Marcelo, digo, no el dulce de leche]. Pero caía una y otra vez, subyugada por la cucharada sopera y los besos pegoteados en todo el cuerpo. Empalagada por sus dos debilidades.
Un día tomó la decisión de dejarlo. Para siempre. No volver a caer, no volver a endulzarse con sus promesas de cambio. Llevaban muchísimos años yendo y viniendo, intercalando romances de terceros con cucharadas de amor esporádico.
Él volvió después de un mes entero de fracasar vaya uno a saber con quien. Sacó el dulce de leche, y ofreciéndole la cuchara le sonrió, como siempre.
-No gracias- dijo ella. -Estoy dejando.
Y lo dejó para siempre.
A Marcelo, digo, no al dulce de leche.

» De brumas y leyendas

A mediados del siglo pasado se comenzó a construir el primer faro de La Paloma, en el mismo lugar en el que se encuentra el actual. Al parecer, la obra no estaba lo suficientemente cimentada como para resistir el viento y se desplomó sobre los obreros una fría noche, aplastándolos a todos.

Hoy, al lado del faro, hay un pequeño cementerio que los recuerda. Y hasta algunos se animan a afirmar que ciertas noches se los escucha trabajar con sus picos y palas sobre la orilla del mar.

 
Enganchada a esta historia, está la de La Aparecida. Cuentan por ahí, que era la futura esposa de uno de los constructores, que se suicidó con su vestido de novia al perder a su amor en el derrumbe del faro.

Dicen, que quienes pasan por la playa en las noches, pueden toparse con la aparición de una mujer de blanco de aspecto lúgubre que va y viene entre el Cabito y el Faro.

» Circulan por ahí varias versiones de la leyenda. Pero ésta es la que a mí me quedó de tanto oírla. Y es la que me tenía en vilo todos los anocheceres de mi verano infantil, con esa mezcla de miedo y curiosidad, mirando la orilla bien fijo, sin pestañar, hasta que los ojos ardían, y las sombras engañosas de la noche que se levantaba confundían una gaviota, una rama, un pescador o la espuma del mar, con la Aparecida.

O a lo mejor es cierto que la ví...

...

» Requiem para un amor libre

Anduve barriendo los últimos tequieros que se te cayeron al costado de la cama.
Me dediqué un par de días a sacudir las sonrisas del sillón, porque había tantas que terminaban acobardando a mi tristeza.
Le pasé un trapo, [con una vehemencia enfermiza, lo reconozco] a las huellas digitales de tus últimos mimos, que seguían taladrándome con manos invisibles por todas mis esquinas.
Me puse perfume para aplacar, a fuerza de jazmines, un pedacito de tu aliento que se quedó atrapado en la parte de atrás de mi oreja derecha.
Estuve un rato largo apretando los ojos para eliminar de mis pupilas la transparencia húmeda de las tuyas, tan empecinadas en llevarle la contra a tus palabras, cojonudas palabras de despedida.
Y no hubo caso, che.
Del alma. No consigo despegarte del alma, de ese recoveco donde se me acumulan los suspiros que no van a llegar a ningún lado, como vos y yo, irreconciliables diferencias entre vaya uno a saber qué pensamientos y qué sentimientos, poniéndole punto final a un amor libre, que de tan libre se me fue volando, que de tan amor me dejó queriéndote.

¿Que si duele? Claro que duele. Y mucho. Pero dejo que duela, dejo que sangre ¿sabés por qué? Porque al fin de cuentas [y nunca mejor dicho] VALIÓ la PENA.